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Y Vos, ¿de qué jugás?

Todos los que leen mis historias saben que ya no juego rugby, pero que eso es mentira. Porque yo sigo jugando. Lo que pasa es que de momento, mi cuerpo, ese paquete de músculos, grasa, tendones y lesiones diversas, me explica con paciencia hora tras hora que no sólo ya no puedo jugar rugby sino que además no puedo hacer deporte alguno (de los deportes que me interesarían, claro) ni comer algunas muchas cosas que me hacen mal, o mejor dicho, no tan bien como antes.

Leía una nota que le hiceran a Lucha Aimar, la jugadora de hockey sobre plástico (no se enojen, es que ya no es más "césped"), todo lo que le había causado de dolor el haber dejado de jugar a su amado deporte. Y claro, no todos lo pueden tomar de la misma manera. Cada uno lo hace, como las posiciones del rugby, tal como vino al mundo, con su ADN y su manera. A mi me costó bastante el tema. Con abandono de ver el juego por algún tiempo.

Algunos virtuosos entre los que no me encuentro, aún pueden seguir jugando y corriendo más o menos rápido. Otros nos ponemos detrás de la hache a ver los partidos, y realizamos movimientos raros, espásticos, que consisten en saltitos y contorsiones, y luego juzgamos en voz baja la actuación del referee, que siempre cobra en nuestra contra y jamás a nuestro favor. Ésta es la famosa Enfermedad de los Colores, que por suerte y gracias al esfuerzo de muchos, en rugby es de bastante baja potencia y sólo se convierte en una endemia cuando vamos al estadio a ver a Los Pumas y a muchos se les ocurre chiflar al pateador adversario.

Mi amigo Diego, que de joven era esbelto y lozano, jugaba de wing porque su relación peso-potencia era adecuada y, si bien no era muy rápido, como antes se exigía a los "punteros", era el puesto correcto para él, ya que además, era (es) rubio de ojos azules. Esa definición no alcanza a los forwards, o al menos no a la mayoría de ellos (nosotros). Luego, a través de los años, pasó de ser un aceptable wing tres cuartos a ser un batallador tercera línea. Todos sabemos que hay cosas que son muy difíciles de hacer, como por ejemplo subir el Aconcagua en ojotas, de espalda y por el camino de Los Polacos. Eso es más o menos pasar de ser un refulgente y gracioso wing a ser un furioso raspador del piso de la cancha. Sin embargo, el bueno de Diego no terminó allí. Sin engrosar demasiado su esbelta (o casi) figura, saltó casi sin escalas de ser un raspador wing forward a pasar a ser parte de La Más Gloriosa de las Batallas: la de la primera línea. O sea, no sólo subió el Aconcagua con el detalle mencionado, sino que el tipo, además, bajó del mismo en piyama y saludando con la mano. Diego, mi médico (o uno de los especialistas que trata de que yo tarde en morir lo más posible) logró unir los dos polos del rugby en muy poco tiempo, yo diría cuatro o cinco años.

Anoche yo conversaba con mi espalda. No, no piensen que estoy loco, ya que todo el mundo sabe que las espaldas, en general, no hablan. La mía tampoco habla. Lo que hace la guacha es musitar poemas tristes y dolorosos, que me hacen compungir. Yo no sé si me escucha, pero yo le pido todas las mañanas que al menos por ese día, no me rompa las pelotas. Y en general cumple, si a la noche la dejo gemir por lo bajo. Por ella, por la relación que tenemos, ya no juego rugby. Pero Diego sigue jugando, es decir, se cambia, entra a la cancha, y deja todo su arte sobre el verde césped.

La verdad es que no importa de qué juegues. No importa siquiera si te cambiás. La verdad es que el rugby se trata de entender de qué se trata, asimilar el concepto, bancarse algunos morros por todo el cuerpo (pero especialmente en dónde duele) y disfrutar con los amigos. Luego puede pasar cualquier cosa, como pasa en la vida. Y hasta podés equivocarte, y serás sancionado por ello, como debería ser siempre en todas las cosas. Pero todo el tiempo, el juego de rugby, a través de sus reglas (y al comportamiento que te obligan) y a los valores que tantos se esfuerzan en continuar enseñando, es que vamos formando personas a lo largo y a lo ancho del país. Personas que podrán ser mejores o peores jugadores de rugby, pero eso de verdad no importa o importa poco.

Hace muy poquito, en un hecho histórico, se jugó la final del campeonato español de rugby en un estadio de fútbol colmado, toda una señal de lo que viene creciendo el Viejo Juego en la vieja península, con todo el tiempo que lleva crecer en nuestro amado deporte. Y ya lo dicen ellos: algo raro tiene éste juego que cuando termina la batalla, todos se saludan, todos le dan la mano al árbitro, y el equipo ganador homenajea al perdedor con una "calle". Y viceversa. ¿Qué deporte querrías que hicieran tus hijos? ¿Uno que detente valores o que resalte la individualidad y las malas artes?

La verdad, yo no juego, pero soy parte. ¿Y vos?

Marcelo Mariosa

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